El viento del mar Jónico nos recibió con una calidez que se sentía casi milagrosa después del frío gélido de los glaciares alpinos y la niebla de plomo de Zúrich. El jet privado de los Kyriakos descendió sobre la pista oculta de Kythira Privée justo cuando el sol de la tarde empezaba a teñir las aguas de un tono púrpura y cobrizo, el color exacto de la dinastía de sombras que habíamos forjado sobre las tumbas de nuestros enemigos. Dejábamos atrás una Europa financiera temblando por el asalto al