El eco de los pasos de Mavros alejándose por el pasillo de mármol todavía vibraba en el aire cuando me quedé sola en la terraza con los niños. La luz del mediodía griego, antes cálida y acogedora, ahora parecía una luz de interrogatorio, cruda y reveladora. Sostuve a Ligeia un poco más fuerte contra mi pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón, tan ajeno a la tormenta que se gestaba en el muelle de nuestra isla. El enviado del Primer Ministro italiano no era un hombre que viajara hasta K