El eco de la puerta sellándose allá arriba todavía resonaba en mis oídos como una sentencia de muerte o un bautismo de libertad, no estaba segura de cuál de las dos. Bajamos los últimos peldaños del caracol de piedra, sintiendo cómo el aire se volvía más denso, cargado de ese olor a papel viejo y a encierro que solo tienen los lugares donde el tiempo se ha detenido por voluntad propia. Mateo se apoyaba pesadamente en mi hombro, dejando un rastro de gotas oscuras sobre el suelo de cemento, pero