El estruendo de la explosión en la entrada principal del sótano nos empujó hacia adelante, mientras el aire se volvía irrespirable por el polvo de hormigón y el ozono de los servidores quemados. Mateo me sujetaba con una fuerza que me recordaba que, aunque su herida seguía latente, su voluntad de protegerme era inquebrantable. Corrimos por el pasillo de servicio, esquivando los cables que colgaban del techo como lianas eléctricas, hasta que una pesada puerta de acero nos bloqueó el paso.
—¡Ay