El silencio del manglar era denso, interrumpido solo por el graznido de alguna garza asustada y el goteo constante del agua que caía de las raíces. Habíamos logrado arrastrar el cayuco hasta una pequeña elevación de tierra firme, oculta bajo un manto de helechos gigantes que nos protegían de la vista de los drones. Mateo estaba tendido sobre la madera vieja, con la piel tan blanca que parecía hecha de mármol bajo la luz de la luna que se filtraba entre las hojas. Su respiración era apenas un hi