El camino hacia la casa de verano estaba devorado por la maleza, una ruta olvidada que serpenteaba entre sauces llorones que parecían inclinarse bajo el peso de nuestros secretos. El coche avanzaba con dificultad, y cada vez que una rama golpeaba el cristal, mi cuerpo daba un respingo, recordándome que la paz que habíamos encontrado en aquel cuarto del banco era tan frágil como un hilo de seda. A mi lado, Mateo conducía en silencio, pero su mano derecha no se había separado de mi muslo desde qu