El motor del coche tosía como un animal herido mientras nos internábamos en la negrura de la carretera nacional, lejos de la casa de verano que ahora no era más que un mausoleo de verdades amargas. La lluvia no cesaba, golpeando el parabrisas con una furia que parecía querer lavarnos el pecado de haber sobrevivido a esa emboscada. Mateo conducía con los nudillos blancos, aferrado al volante, mientras su otra mano buscaba la mía de forma instintiva, apretándola con una desesperación silenciosa q