El aire acondicionado del Banco Central zumbaba con una frialdad metálica que contrastaba con el calor que me subía por la nuca cada vez que Mateo me rozaba. Estábamos allí, en el corazón financiero de la ciudad, disfrazados de una pareja de inversionistas suizos que no despertaban más sospecha que cualquier otro millonario aburrido. Llevaba una peluca rubia platino, un traje sastre gris que se ajustaba a mis curvas y unos lentes oscuros que ocultaban mi mirada errática. Mateo, a mi lado, se v