La tormenta sobre el barrio era ensordecedora. Los rayos iluminaban los techos de zinc y la lluvia golpeaba con tal fuerza que incluso los sistemas de Adalmo sufrían interferencias. Dentro del cuartel, el ambiente era eléctrico. Elena había empezado con las contracciones dos semanas antes de lo previsto.
Varkas estaba fuera de sí. El hombre que podía enfrentarse a un ejército entero temblaba mientras sostenía la mano de Elena.
—Adalmo, ¡trae al médico ya! —rugió Varkas, su voz compitiendo con