Iván soltó una carcajada nerviosa, intentando mantener la fachada frente a los invitados que ya empezaban a girar las cabezas. La presión de los dedos de Ruda sobre su muñeca era una advertencia silenciosa pero brutal.
—Solo estamos bailando, Ruda. No seas tan dramático —dijo Iván, aunque su rostro empezaba a palidecer—. Varkas no te paga para que seas el dueño de su hija, sino para que vigiles la puerta.
Ruda no parpadeó. Su mandíbula estaba tan tensa que una vena se marcaba con fuerza en su s