El silencio en el comedor era pesado, pero no por tensión, sino por la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Ruda, viendo la intensidad en los rostros de los adultos, dio un paso atrás, con sus dedos jugueteando con el borde de su camiseta. Sus ojos, grandes y brillantes, pasaron de Varkas a Elena con una mezcla de amor y un temor muy infantil.
—Tío Varkas... Tía Elena... —su voz sonó pequeña pero firme—. Sé que ahora vendrá alguien de su propia sangre. Una bebé de verdad. Solo... solo espero