Mundo ficciónIniciar sesiónEl frío de esos dedos esqueléticos se quemó como fuego glacial en mi tobillo. Un grito se ahogó en mi garganta, convertido en un jadeo silencioso. Tiré de mi pierna con una fuerza desesperada, pero la garra que me sujetaba era de hierro. La luz verdosa iluminó a mi atacante: una criatura encorvada, con piel grisácea y pegada a los huesos, y ojos como pozos vacíos que reflejaban esa fosforescencia malsana. No parecía un vampiro. Parecía algo más antiguo, más desgastado.
"Silencio, llave", siseó la cosa, su voz un crujir de hojas secas. "El Maestro espera."
Usando mi otro pie, le pateé con todas mis fuerzas en lo que debería ser su brazo. Se oyó un crujido seco, pero la criatura no emitió un sonido. Su agarre, sin embargo, se aflojó una fracción de segundo. Fue suficiente.
Arranqué mi tobillo y salí corriendo a ciegas por el pasadizo, en dirección opuesta a la biblioteca. No sabía adónde iba, solo sabía que tenía que alejarme de esa... cosa. Mis pies descalzos golpeaban la piedra fría, el corazón me martillaba los oídos. La luz verdosa y los pasos lentos pero persistentes me seguían.
"Corre, corre", canturreaba la voz desde la oscuridad, un sonido horrible y juguetón. "El laberinto disfrora de la caza."
El pasadizo se bifurcó. Sin pensarlo, tomé el de la izquierda. Corrí hasta que el aire se enrareció y mis pulmones ardieron. Finalmente, una rendija de luz natural, pálida y gris, se filtró desde arriba. Era una escalera de caracol estrecha que ascendía hacia una trampilla semiabierta. Sin aliento, subí los escalones y empujé la pesada compuerta de madera.
Emergí en un jardín interior abandonado, bajo un cielo crepuscular nublado. Estaba en un patio amurallado, lleno de estatuas rotas y fuentes secas. La maleza crecía entre las losas. Al menos estaba fuera de esos muros sofocantes.
Jadeaba, apoyada contra la piedra áspera, escuchando. No se oía nada desde la trampilla. Quizás lo había perdido. Quizás...
"Impresionante."
Me giré, sobresaltada. Lysander estaba recostado contra el dintel de una puerta arqueada que conducía al interior de la mansión, con los brazos cruzados y su sonrisa de depredador de vuelta en su lugar.
"La Esfinge de la Biblioteca te estaba buscando. Es una criatura bastante... persistente. Y tú no solo le rompiste un dedo, sino que encontraste la salida más rápida al Jardín de los Suspiros." Su mirada recorrió mi vestido blanco, ahora sucio y rasgado, y mis pies ensangrentados. "Kaelan estará encantado. O furioso. Con él, es difícil saberlo."
"¿La Esfinge?" Logré decir entre jadeos. "¿Qué era esa cosa?"
"Un guardián. De los libros, no de los pasadizos. Alguien la debió de soltar." Su sonrisa se desvaneció. "Alguien dentro de la mansión."
Las palabras cayeron como una losa. No solo había amenazas externas. Había un traidor entre nosotros.
En ese momento, Kaelan irrumpió en el jardín. Su camisa blanca estaba manchada de un polvo oscuro y sus ojos plateados brillaban con una ira fría. Al verme, su tensión se disipó ligeramente, pero su expresión se volvió aún más severa.
"¿Estás herida?" Preguntó, su voz áspera.
Sacudí la cabeza, incapaz de hablar. Se acercó y, sin ceremonias, tomó mi mentón, inclinando mi cabeza para examinar mi cuello. Su tacto era firme, impersonal.
"La marca se está cicatrizando rápido. Demasiado rápido." Sus ojos se encontraron con los míos. "¿Qué te dijo?"
"Me llamó 'llave'", susurré. "Dijo que su maestro esperaba."
Kaelan y Lysander intercambiaron una mirada cargada de significado.
"El Archimago", murmuró Lysander. "Siempre husmeando donde no le llaman."
Kaelan soltó mi mentón. "El Concilio quiere destruirte. Alistair quiere tu corazón. Y ahora el Archimago te quiere para desbloquear algún secreto arcano." Una sonrisa fría y casi admirativa se dibujó en sus labios. "Eres popular, pequeña humana."
"¡No es gracioso!" Estallé, la tensión de la huida, el miedo y la confusión rompiendo finalmente mi frágil compostura. "¡Me están cazando como a un animal! ¡Dijiste que estaría a salvo aquí!"
Kaelan se quedó quieto, su sonrisa desapareció. Su mirada se volvió intensa, peligrosa.
"La seguridad es una ilusión, Elara. Te di protección. Protección contra los depredadores que conocía. Ahora hay más jugadores en el tablero." Se acercó, y esta vez no había posesión en sus ojos, sino una verdad desnuda y aterradora. "Ya no puedes ser solo una invitada. O aprendes a defenderte, o serás el botín que se repartan los demás."
"¿Defenderme? ¿Cómo?"
"Tu sangre te ha cambiado", dijo Cassian, apareciendo silenciosamente en la puerta arqueada. Sostenía un frasco pequeño con un residuo del polvo oscuro que manchaba la camisa de Kaelan. "La Esfinge no pudo seguir tu rastro más allá del jardín. Tu esencia... fluctúa. Es difícil de rastrear. Eso es una ventaja."
Kaelan asintió. "Y hay otra." Me miró directamente. "Cuando te mordí... ¿qué sentiste?"
El recuerdo del placer distorsionado me inundó, provocando una oleada de calor y vergüenza. Bajé la mirada.
"Lo suficiente como para saber que es un truco. Un veneno."
"Es más que eso", insistió él. "Es una conexión. Mi veneno en tu venas te hace más fuerte, más rápida, más resistente. Y te vincula a mí. Puedo sentir tu miedo, tu ubicación aproximada. Es cómo te encontré." Hizo una pausa. "Y, con el entrenamiento adecuado, podrías aprender a sentir a otros. A sentir las intenciones."
La idea era tan repulsiva como fascinante. Utilizar la esencia de mi captor como un arma. Permitir que su veneno se entrelazara aún más con mi ser.
"¿Y a cambio?" Pregunté, desconfiada.
"A cambio, dejas de ser una víctima", respondió Kaelan, su voz un susurro seductor y mortal. "A cambio, te conviertes en una pieza en el juego, no en el premio. Aprendes a luchar, a usar lo que eres, y quizás... quizás sobrevivas lo suficiente para ver a tu madre de nuevo."
Mencionar a mi madre fue un golpe bajo. Un movimiento calculado. Pero efectivo.
Miré a los tres vampiros: el Alfa imponente, el depredador sonriente y el guerrero silencioso. Estaba atrapada en su mundo, rodeada de enemigos que querían usar mi existencia para sus propios fines. Kaelan me ofrecía una oportunidad, una hoja de doble filo envenenada con su propia esencia.
"¿Y si elijo no hacerlo?" Musité, aunque ya sabía la respuesta.
Kaelan se encogió de hombros, un gesto elegantemente fatal.
"Entonces, la próxima Esfinge que te encuentre, o el próximo emisario del Concilio, o el propio Alistair... no encontrarán a una humana asustada que puede escapar." Sus ojos grises se endurecieron como el acero. "Encontrarán una víctima. Y las víctimas en este mundo, Elara, siempre mueren."
La elección no era realmente una elección. Era un pacto con un diablo, un segundo contrato escrito con veneno en lugar de tinta.
Cerré los ojos, sintiendo el peso de la mansión, de los bosques vigilantes, de las miradas hambrientas sobre mí. Luego, los abrí y miré directamente a Kaelan.
"Enséñame."







