El Juego de las Sombras

El silencio que dejó Alistair era más elocuente que cualquier estruendo. Las llamas de las antorchas parecían consumir el aire, chisporroteando en la tensión cargada. Yo seguía sentada en el diván, la mano aferrada a mi cuello, donde el eco del placer vampírico había sido reemplazado por el latido sordo del miedo. Vara de Perséfone. Las palabras resonaban en mi cráneo, carentes de sentido pero cargadas de un peso aterrador.

Kaelan no se movió durante un largo minuto, su perfil tallado contra la piedra oscura. Las filigranas negras en su brazo habían desaparecido por completo, absorbidas por su piel como si nunca hubieran estado allí.

"Lysander", dijo finalmente, su voz recuperando su tono habitual de autoridad glacial. "Aumenta la vigilancia en el perímetro. El Concilio no atacará abiertamente, pero Alistair... Alistair es impredecible."

Lysander asintió, su rostro inusualmente serio. "Considerándolo hecho." Su mirada se deslizó hacia mí, y por primera vez, no vi burla, sino una reevaluación cautelosa. Luego, se desvaneció en la penumbra.

"Cassian", continuó Kaelan, volviéndose hacia el hombre más tranquilo. "Necesito que investigues. Averigua qué sabe exactamente el Concilio. Y descubre cómo Alistair se enteró de su presencia aquí tan rápido."

Cassian inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento y salió silenciosamente, dejándome sola con Kaelan en la estancia circular.

Él se acercó lentamente. Ya no sentía esa atracción magnética y repulsiva; ahora solo sentía el instinto primal de una presa ante un depredador que había descubierto que valía más viva que muerta, pero por razones que no alcanzaba a comprender.

"¿Es cierto?" Logré preguntar, mi voz temblorosa. "¿Soy... esa cosa?"

Se detuvo frente a mí, su mirada gris escudriñando mi rostro. "Las leyendas son como sombras, Elara. Se deforman con el tiempo. La Vara de Perséfone es un cuento que se cuenta a los jóvenes vampiros para asustarlos. Habla de un humano, casi siempre una mujer, cuya esencia vital es tan pura y poderosa que puede ser utilizada como catalizador en rituales ancestrales. Se dice que su corazón puede conceder un deseo inimaginable o... desencadenar una maldición."

Un temblor incontrolable me recorrió. "¿Y tú crees en ese cuento?"

Su labio superior se curvá ligeramente. "Creo en el poder que percibo. Y tu sangre... tiene un sabor a leyenda." Extendió su mano, pero no para tocarme, sino para señalar la herida en mi cuello. "El veneno no te debilitó. Te alteró. Eso no es normal."

"¿Y ahora qué?" Mi voz sonó pequeña y perdida en la vasta estancia. "¿Vas a... guardarme en una caja hasta que decidas si quieres un deseo o evitar una maldición?"

Por primera vez, una chispa de algo que no era cálculo ni hambre brilló en sus ojos. Era irritación. "Si hubiera querido tu corazón, Elara, ya lo tendría." Se inclinó, poniéndose a mi altura, y su aroma a tormenta y azabache me envolvió. "Alistair tiene razón en una cosa: eres un objetivo. Pero no para mí. Eres mi invitada. Y nadie toca lo que es mío."

La declaración debería haberme enfurecido. En otro momento, lo habría hecho. Pero en medio del pánico que me consumía, sus palabras, por retorcidas que fueran, fueron un ancla. Una ancla envenenada y peligrosa, pero la única que tenía.

"¿Y mi madre?" Susurré, recordando la verdadera razón por la que estaba aquí.

"Ya está en camino a Suiza. Bajo la protección de hombres que responden solo a mí." Su respuesta fue inmediata. "Mantengo mis pactos, Elara. A diferencia del Concilio, mi palabra tiene valor."

Me ayudó a bajar del diván. Mis piernas cedieron por un instante, no por la debilidad, sino por el remanente de la adrenalía y el extraño cóctel de placer y veneno que aún circulaba por mis venas. Su brazo rodeó mi cintura para sostenerme, firme e inmóvil. El contacto, a través de la delgada tela del vestido, ya no me pareció completamente repulsivo. Era complicado, como todo lo demás.

No me llevó directamente a mi suite. En su lugar, me guió a través de un pasillo lateral que no había visto antes, hasta una biblioteca que hacía que la que había espiado antes pareciera un armario. Estanterías de madera oscura se elevaban hasta un techo abovedado, repletas de tomos encuadernados en piel con títulos en idiomas muertos.

"El conocimiento es un arma", murmuró, soltándome para pasar los dedos por el lomo de un libro enorme. "Y si vas a ser el centro de una guerra de sombras, necesitas armas."

Abrió el libro en un atril central. Las páginas mostraban una ilustración intricada de una vara florecida, enredada con vides y símbolos que parecían latir en la página. Debajo, en una caligrafía antigua, había una palabra: Περσεφόνη.

"Perséfone", tradujo Kaelan. "La reina del inframundo. La doncella raptada cuya historia habla de la dualidad: vida y muerte, luz y oscuridad. La vara que lleva su nombre, según los mitos más antiguos, no es un arma física. Es una metáfora. Representa a un ser que puede cruzar ambos reinos, que posee un pie en la vida y otro en la muerte. Un puente. O un detonador."

Un puente. Sus palabras hicieron eco a lo que Cassian había dicho: catalizador. Yo no era un arma para ser blandida; era una llave. Una llave para algo.

"¿Por qué yo?" Pregunté, mirando la ilustración, sintiendo una extraña conexión con la figura etérea de la reina del inframundo.

"Esa", dijo Kaelan, cerrando el libro con un golpe sordo que hizo saltar el polvo, "es la pregunta que todos harán. Y la respuesta, por ahora, solo reside en tu sangre." Su mirada se posó en mi cuello nuevamente. "Y en cómo reacciones a la nuestra."

De repente, una alarma silenciosa pareció sonar en el aire. No era un sonido, sino un cambio de presión, una vibración que erizó la piel de mis brazos. Kaelan se puso rígido, su cabeza girando hacia la entrada de la biblioteca.

"Se han traspasado las defensas exteriores", dijo, su voz un susurro letal. "No es Alistair. Esto es... más sigiloso."

Empujó un libro en la estantería y un panel se deslizó silenciosamente, revelando un pasaje oscuro y estrecho.

"Entra", ordenó. "No hagas ruido. No salgas hasta que yo venga por ti."

La urgencia en su voz no admitía discusión. Con un último vistazo a su rostro, ahora una máscara de concentración mortal, me deslicé en la oscuridad. El panel se cerró detrás de mí, sumergiéndome en una negrura absoluta.

Me quedé quieta, conteniendo la respiración, escuchando. Solo el latido de mi propio corazón, acelerado y fuerte, resonaba en el silencio. Pasaron minutos. Luego, oí algo. No desde la biblioteca, sino desde el otro extremo del pasadizo secreto. Un sonido suave, como de pisadas sobre piedra polvorienta.

No era Kaelan. Él no haría ruido.

Alguien más conocía los secretos de la mansión.

La respiración se me cortó. Me apreté contra la pared fría, tratando de hacerme lo más pequeña posible. Las pisadas se acercaban, lentas, deliberadas. Una luz tenue, verdosa y fantasmal, comenzó a iluminar el pasadizo frente a mí, proyectando una sombra alargada y retorcida en la pared.

¿Era el Concilio? ¿Un asesino enviado por Alistair?

La figura dio la esquina. No pude ver su rostro, solo su silueta contra la luz espectral. Era delgada, encorvada, y sostenía algo que brillaba con esa misma luz enfermiza.

"Ahí estás, pequeña llave", susurró una voz áspera, como piedras rompiéndose. "Ven. Tu jaula te espera."

Kaelan pensaba que yo era un arma. Alistair pensaba que yo era una abominación.

Pero esta cosa... esta cosa en la oscuridad me llamaba llave.

Y antes de que pudiera gritar, antes de que pudiera moverme, una fría mano, más hueso que carne, se cerró alrededor de mi tobillo en la penumbra.

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