Mundo ficciónIniciar sesiónLa decisión había sido tomada. Las palabras "enséñame" colgaban en el aire del jardín abandonado, un pacto frágil sellado con el miedo como testigo. Kaelan no sonrió, no mostró triunfo. Solo asintió, una vez, con la solemnidad de un verdugo aceptando su tarea.
"Cassian será tu instructor principal", declaró, su mirada gris evaluándome como si yo fuera un arma sin pulir. "Es el mejor en el arte de la contención y la percepción. Lysander te enseñará a moverte. Y yo..." Hizo una pausa, y su mirada se posó en mi cuello, donde la piel ya solo mostraba dos pequeñas marcas rosadas. "...me aseguraré de que el combustible para tu transformación no falte."
Un escalofrío me recorrió la espalda. No era solo entrenamiento. Era una dependencia que se profundizaba.
Cassian se adelantó. "Empezaremos ahora. Sigue."
Sin más, giró y entró en la mansión. Lo seguí, sintiendo las miradas de Kaelan y Lysander en mi espalda. Me llevó no a una sala de entrenamiento, sino de vuelta a la estancia circular donde todo había comenzado. La plataforma con el diván de terciopelo negro parecía burlarse de mí.
"La primera lección", dijo Cassian, su voz serena como la superficie de un lago profundo, "no es golpear o patear. Es escuchar." Se paró en el centro de la sala y cerró los ojos. "Cierra los tuyos."
Vacilé, pero lo hice. La oscuridad behind my eyelids se llenó del eco de mi propia respiración, acelerada.
"El miedo es ruido. Apágalo." Su voz era un hilo conductor en la penumbra de mis sentidos. "No escuches con los oídos. Escucha con la piel. Con el hueso. Siente el aire moverse. Siente el peso de las sombras."
Respiré hondo, intentando calmarme. Al principio, solo sentía el latido frenético de mi corazón. Luego, poco a poco, comencé a notar otras cosas. La corriente de aire frío que bajaba de una grieta en el techo. El leve crujido de las antorchas. El peso de la mirada de Cassian sobre mí.
"Bien", murmuró. "Ahora... recuerda. Recuerda la sensación del veneno en tus venas."
Un rubor de vergüenza y algo más me calentó el rostro. No quería recordarlo. Pero lo hice. Traje a mi memoria la ola de calor sedoso, la niebla dorada que nublaba mi mente, la intensidad distorsionada de cada sensación.
"¿Lo tienes?" preguntó Cassian.
Asentí, sin abrir los ojos.
"Ahora, extiéndelo. No como placer. Como una red. Como si fueras una araña tejiendo hilos de esa sensación a tu alrededor. Busca la frialdad. Busca el vacío."
Lo intenté. Al principio, fue como intentar agarrar el humo con las manos. Pero luego, algo cambió. Una punzada fría, como un cubo de hielo en la nuca, me hizo entrecerrar los ojos. No era una sensación física real, sino una impresión que surgía de ese estado alterado que estaba intentando invocar.
"¿Qué sientes?" preguntó Cassian, su voz alerta.
"Frio", susurré. "En la esquina noroeste. Como... un espacio vacío donde debería haber calor."
Abrí los ojos. Cassian me miraba, y por primera vez, vi un destello de genuino asombro en su rostro impasible.
"Lysander ha estado parado allí, inmóvil, durante los últimos cinco minutos", dijo. "Usando todas sus artes para ocultar su presencia." Se volvió hacia la esquina vacía. "Puedes salir."
De la nada, como si se materializara de la oscuridad misma, Lysander emergió. Su sonrisa burlona estaba teñida de respeto.
"Bien hecho, corderita", dijo, y esta vez el apodo no sonó despectivo. "Ningún humano, ni ningún vampiro novato, podría haber sentido mi presencia."
Una extraña sensación de orgullo se encendió en mi pecho, ahogando por un momento el miedo. Había hecho algo. Algo que ellos consideraban imposible.
"Es el veneno", aclaró Cassian, volviendo a ser práctico. "Te ha abierto, te ha hecho sensible a las corrientes de energía que nos rodean. Esa es tu arma principal. Tu escudo. Aprender a controlarlo te hará invisible para la mayoría de los rastreadores."
Durante los días siguientes, caí en una rutina agotadora. Cassian me enseñaba a afinar esa percepción, a distinguir entre la frialdad de una pared de piedra y la frialdad viviente de un vampiro oculto. Lysander me enseñaba a moverme en silencio, a usar las sombras, a caer y rodar sin hacer ruido. Mi cuerpo, alimentado por una dieta rica y extrañamente rejuvenecido por la esencia de Kaelan, respondía con una agilidad que nunca había tenido.
Y Kaelan... Kaelan observaba. A veces desde la penumbra, a veces en las cenas silenciosas que compartíamos. No volvió a tocar mi sangre, pero su presencia era una constante, un recordatorio de la fuente de mi nueva y temible fuerza. Noches en las que me despertaba sudando, con el eco de un placer ficticio en la piel, y encontraba su silueta recortada en la puerta de mi habitación, vigilante.
"Tu miedo ha cambiado", dijo una noche, mientras yo practicaba movimientos sigilosos en el jardín bajo la luna llena. "Ya no es el miedo de la presa que huye. Es el miedo del guerrero que sabe lo que está en juego."
"No soy una guerrera", refunfuñé, esquivando una estatua rota.
"Lo serás", respondió él, su voz grave. "O morirás."
Fue entonces cuando Lysander apareció, su rostro inusualmente tenso. Sostenía un pequeño rollo de pergamino atado con una cinta negra.
"Mensaje", dijo, entregándoselo a Kaelan. "Del Archimago."
Kaelan desató el pergamino y lo leyó. Sus ojos, siempre fríos, se convirtieron en glaciares. El aire a su alrededor pareció volverse más denso, más pesado.
"¿Qué ocurre?" pregunté, deteniéndome.
Él alzó la vista, y su mirada no era de ira, sino de algo más peligroso: cálculo frío.
"El Archimago no quiere esperar", dijo, su voz peligrosamente tranquila. "Ha convocado una Cacería de Sangre."
Cassian, que se había acercado, maldijo en voz baja.
"¿Qué es eso?" pregunté, aunque el nombre era suficientemente elocuente.
"Una tradición arcaica", explicó Lysander, con los dientes apretados. "Un desafío. El Archimago puede elegir a un campeón para que te desafíe a un duelo. Si ganas, él se retira. Si pierdes..."
"Eres propiedad del vencedor", terminó Kaelan, clavando en mí su mirada gélida. "Y ha elegido a su campeón."
El pergamino cruji en su puño.
"Alistair."
La palabra cayó como una lápida. Alistair, que ya quería mi corazón. Ahora tenía una excusa legítima para arrancármelo del pecho.
"Puedo rechazarlo", dijo Kaelan, pero su tono indicaba que era una opción deshonrosa, una muestra de debilidad que tendría sus propias consecuencias.
Miré mis manos, que ya no temblaban como antes. Sentí el eco del veneno en mis venas, una promesa latente de poder. Recordé la sensación de localizar a Lysander en la oscuridad, el destello de orgullo.
"No", dije, y mi voz sonó extrañamente firme en la noche silenciosa.
Los tres vampiros me miraron.
"¿No?" Kaelan arqueó una ceja.
"Si esto es un juego, y soy una pieza... entonces es hora de que deje de ser defendida." Levanté la cabeza para enfrentar su mirada. "Acepto el desafío."
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el viento pareció contener la respiraza.
Kaelan estudió mi rostro, buscando rastros de histeria o bravuconería. Solo encontró una determinación fría, forjada en el horno de la desesperación.
"Alistair no luchará para matarte, Elara", advirtió Cassian, su voz grave. "Luchará para destrozarte. Para demostrar su superioridad y la de su facción."
"Lo sé", respondí, sintiendo un nudo de hielo formándose en mi estómago. "Pero si tengo que ser una llave, un arma o un puente... entonces elijo en qué batalla ser utilizada."
Kaelan siguió mirándome, y por un instante, creí ver algo nuevo en la profundidad de sus ojos grises: no posesión, no cálculo, sino un respeto primitivo y salvaje.
"Como quieras", dijo finalmente, y su boca esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una sonrisa de lobo que ve a su cría dar el primer paso hacia la jauría. "Que la Cacería de Sangre comience."







