—Perdona, Amira. Sabía que estabas despierta; te escuché cantar hace rato. Por cierto, ya se me había olvidado lo hermoso que cantas.
Ella lo interrumpió, seca:
—Ya basta, Paulo. Dime, ¿qué quieres?
—Solo vine a traerte algo de comer —extendió las bolsas—. Debes alimentarte.
—Bien, gracias. Ya puedes irte.
Paulo dio un paso adelante, acercándose a ella, y con voz angustiada dijo:
—Amira, por favor, debes creerme. No sabía que mi padre se había casado, y menos contigo. ¡Juro que no sabía nada