Los hombres cubrieron los rostros de las mujeres con un pasamontaña negro, arrastrándolas violentamente hacia la camioneta y huyendo del lugar de inmediato. Amira, muy confundida y aterrada, no entendía quienes eran aquellos hombres ni por qué las estaban secuestrando. Con desesperación, forcejeaba y gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Por favor, no me hagan daño! ¡Estoy embarazada! ¡Se lo suplico, déjenme ir! —Sus gritos y llantos se mezclaban con los de las demás mujeres dentro de la camioneta.
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