El llanto de Leo Lombardi no era el gemido frágil de un recién nacido asustado. Era un grito potente, furioso, un reclamo a plenos pulmones de su derecho a existir en un mundo que había intentado extinguirlo antes de que tomara su primera bocanada de aire.
En el quirófano clandestino, el sonido rebotó contra los azulejos blancos, haciendo añicos la tensión asfixiante que había amenazado con aplastarlos a todos.
El doctor Evans, con los hombros hundidos por el alivio y las manos temblando bajo l