El interior de Blackthorn Manor era un santuario de calidez y silencio, un contraste tan brutal con la tormenta del exterior que a Julian le pareció estar cruzando el umbral hacia otro mundo.
Sus botas empapadas dejaban huellas oscuras sobre el inmaculado mármol del vestíbulo. El agua escurría de su abrigo pesado, formando pequeños charcos a su paso. Estaba arruinando las alfombras persas invaluables y ensuciando el aire con el olor a lluvia helada y asfalto mojado, pero nadie lo detuvo.
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