El sol de la Toscana no quemaba; acariciaba. Bañaba las colinas ondulantes y los interminables viñedos de la Villa Lombardi con una luz de oro líquido, un resplandor tan puro y cálido que parecía diseñado específicamente para desterrar cualquier sombra del pasado.
Habían pasado dos años.
Dos años desde la noche en que Julian cruzó la tormenta para arrodillarse en el estudio de pintura. Dos años desde que Dante Lombardi, contra todo su instinto de depredador, decidió abrir los pesados portones d