La lluvia caía sobre Londres con una furia implacable, azotando los inmensos ventanales de cristal del despacho de Leo Lombardi en la planta treinta y cinco de la Torre corporativa. El cielo plomizo de la ciudad parecía el reflejo perfecto de la tormenta que acababa de estallar en la pantalla de su ordenador.
Leo estaba de pie, con las manos apoyadas sobre la superficie de su escritorio, los nudillos blancos por la tensión. Su respiración era pesada, controlada, pero sus ojos oscuros ardían con