El poder siempre había sido mi único idioma.
Durante las primeras tres décadas de mi vida, el mundo no era más que un tablero de ajedrez donde las personas eran piezas desechables y los sentimientos, una vulnerabilidad que te costaba la partida. Fui forjado en el hielo del abandono de mi padre y en la tragedia del suicidio de mi madre. Aprendí a no sentir, a no necesitar y, sobre todo, a no confiar. Me convertí en el monstruo que Londres temía, un rey en una torre de cristal, rodeado de billone