El Rey del inframundo se acercaba, sosteniendo en sus manos las cadenas de papel con las que una vez la había comprado.
Dante se detuvo a escasos centímetros de ella. Sus ojos, negros, insondables y febriles, bajaron hacia el pequeño bulto que Layla acunaba protectoramente contra su pecho. Leo dormía plácidamente, ajeno a la tormenta emocional, oscura y densa, que estaba a punto de desatarse en las cuatro paredes del despacho.
Layla sostuvo la mirada de su esposo. No retrocedió. La distancia in