La lluvia en Londres no caía; castigaba.
Era un aguacero denso, helado y cruel, impulsado por rachas de viento que hacían crujir las ramas de los árboles centenarios que rodeaban Blackthorn Manor. En el interior del despacho de la planta baja, la temperatura era perfecta, mantenida por el fuego silencioso de la chimenea.
Dante Lombardi estaba de pie frente al inmenso ventanal de cristal blindado, con las manos entrelazadas a la espalda, completamente inmóvil. Sus ojos, oscuros e indescifrables,