Si Layla pensó que la lágrima de Dante en la clínica marcaría el inicio de una nueva era de ternura, estaba equivocada. Trágicamente equivocada.
Esa lágrima no fue una apertura; fue una advertencia. Fue la grieta en la presa antes de que el muro de contención se levantara el doble de alto y el triple de grueso. Dante Lombardi había sentido miedo —un terror puro y absoluto a perder lo que acababa de descubrir que amaba— y su respuesta a ese miedo no fue abrazarla, sino blindarla.
El cambio comen