La paz tensa y artificial que se había asentado sobre Blackthorn Manor —esa rutina de silencios, vigilancia y soledad— se rompió tres días después con el estruendo de unos tacones de aguja golpeando el mármol del vestíbulo.
Alessandra Moretti había vuelto.
Layla estaba en el salón, intentando leer un libro sobre maternidad que la señora Danvers le había dejado "casualmente" sobre la mesa, cuando escuchó la voz inconfundible.
—Dante, tesoro! Sono tornata!
El acento italiano llenó la casa, vibran