Cinco días después…
Eran las 7:03 p. m. y yo ya sentía cómo las gotas de sudor me recorrían la espalda. No por calor. Por estrés. Puro, condensado y bendito estrés. Caminaba de un lado a otro del gran salón de la Fundación Vanderweed con el corazón en la garganta y el vestido pegado al cuerpo como si hubiera sido cosido con malas intenciones.
Negro, de seda, entallado. Impecable para la foto, insoportable para respirar. La tela me abrazaba con una devoción casi cruel, especialmente en el pecho.