Desde que puse un pie en el salón, sentí que algo estaba fuera de lugar.
No fue el murmullo de la gente, ni el sonido mal ecualizado del violín eléctrico, ni siquiera la manera en que mi madre me apretaba el brazo como si yo fuera todavía un adolescente torpe y no un hombre de treinta y cuatro años con un imperio bajo su control.
Fue ella.
Valeria.
Mi esposa.
Estaba de espaldas cuando la vi. Esa silueta que ya conocía como si la hubiera esculpido yo mismo. Ese vestido negro que abrazaba cada cu