El sol entraba a raudales por las enormes ventanas del salón, y yo estaba en el sofá, acariciando distraída mi vientre ya redondo mientras escuchaba cómo Pietro discutía por teléfono en el estudio. Cinco meses habían pasado desde aquel viaje, desde la noche en que decidí irme para protegerme. Desde entonces, el mundo había cambiado para nosotros. O, mejor dicho, nosotros habíamos cambiado para habitar el mundo de otra forma.
La casa se sentía más viva. No era solo un espacio lujoso, con mármol