La voz de Sierra aún me retumbaba en la cabeza como una campana suave pero persistente: “Díselo. Dile que lo amas. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que te diga que no?”
Sí, eso era exactamente lo peor. Porque no estaba segura de poder volver a respirar igual si Pietro me miraba a los ojos y me decía que no sentía lo mismo.
Así que, como una cobarde, le dije que pensaría en ello. Aunque sabía que eso era una mentira disfrazada de tiempo.
La cena fue deliciosa, tranquila, con sonrisas y un par d