Minutos después, la vi recomponerse con una gracia que me partió el alma.
Retocó sus labios. Enderezó la espalda. Y volvió a ser la anfitriona perfecta.
Yo fui a buscar a mi madre, que acababa de llegar del aeropuerto y miraba alrededor como si el lugar le recordara algo que prefería olvidar.
—Madre —le dije al acercarme—. Ven. Quiero que conozcas a Valeria.
Ella me miró con ese rostro de porcelana, frío pero bello, y asintió.
La llevé hasta donde Valeria hablaba con una pareja de donantes. En c