La miré unos segundos. No supe qué más decirle. No había discurso que la sacase de ese lugar donde se había metido.
—Vamos a cuidarte —añadí, bajando la voz—. Todo lo que necesitas. Pero necesito que luches. Aunque sea un poco. No te vayas así.
El doctor Zayd no interrumpió. Solo anotaba en su carpeta. Profesional. Imperturbable.
Cuando se fue, quedamos Rocío y yo en la habitación, en silencio. Ella me tocó el brazo con delicadeza. No dijo nada. Y no hizo falta.
Yo seguía de pie, con la mano de