El salón no era ostentoso, pero estaba lleno de vida. Las paredes blancas reflejaban la luz del atardecer que se colaba por los ventanales, y los ramos de flores silvestres decoraban cada rincón sin pretensiones. Había sillas dispuestas en círculo, mantas suaves sobre los respaldos y un aire cálido de comunidad. No parecía una inauguración formal, sino una reunión íntima, humana.
Kany caminó por el lugar como si ya lo conociera de antes. Porque, en cierto modo, sí. Lo había imaginado en cada no