Cuando le dije esto al señor Mateo, sus ojos se abrieron y mostraron una profunda desesperación. Se acercó a Sofía, que estaba pálida y que parecía haber abandonado este mundo.
—No, tú no me puedes abandonar, Sofía.
Sabía bien lo que era despedirse de un bebé. Estos seres no deben partir tan pronto, así que debía hacer algo para evitar que ella se fuera antes de tiempo.
—Deme a la niña —la tomé de sus brazos —, necesito llevarla a la casa.
Salí corriendo con ella, fui al botiquín que estaba en