Cualquier atisbo de razón se había evaporado. Por un instante, lo único que quería era quedarme ahí, sentir algo que hacía mucho no sentía. Y, sin embargo, en lo más profundo de mí, sabía que no estaba bien. Esto era un límite que nunca debí cruzar.
El llanto de Sofía rompió el momento como un cristal estrellándose contra el suelo. Me aparté de inmediato, con el rostro encendido de vergüenza. Evité su mirada.
—Lo siento, señor Mateo.
No esperé una respuesta. Ni una palabra, ni un gesto que inte