Conforme Gianluca le explicaba, con la voz firme, pero ahogada por dentro, los ojos de la esposa de Piero pasaron de la ilusión a la incredulidad… y luego, rápidamente, a la desesperación.
—No… no, no… —susurró ella, su acento italiano quebrándose entre las sílabas—. Usted está mintiendo, señor Grignani. Mi Piero no puede estar muerto… él me prometió volver.
Gianluca bajó la mirada, sin saber cómo sostenerle el dolor.
—Lo siento… —dijo con dificultad—. Ojalá no tuviera que estar aquí para decir