Las semanas habían transcurrido para Rocío de una forma que jamás imaginó. Todo se había desenvuelto con una rapidez vertiginosa, como si los días se deslizaran entre sus dedos sin que pudiera retenerlos. Las atenciones de Mateo, siempre cálidas y constantes, habían creado una burbuja en la que el tiempo parecía correr con otra lógica.
—Muy bien —dijo el doctor mientras dejaba a un lado la herramienta con la que acababa de retirar el yeso—. Ya puedes intentar caminar. No tengas miedo; los hueso