20: Una venganza ácida

Él me dió un silbato de plata; era fino y alargado. Luego de eso salí del carro y entré a la casa sin mucha ceremonia. Mi abuelo se encontraba leyendo su periódico en el sitio habitual y con las piernas cruzadas.

—Abuelo —en cuanto hablé, él me miró —. No he venido aquí a discutir contigo, solo te vengo a pedir que, por favor, dejes en paz a Zayd y a sus negocios. No caigas tan bajo solo porque él se casó conmigo.

—¿Con qué clase de hombre te has casado que permite que su esposa venga a abogar
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