Clara sonrió con discreción al señor Mateo, que la acompañaba hacia la sala. Su bolso de mano, pulcro y discreto, parecía parte de su cuerpo.
—Le agradezco mucho la oportunidad, señor Montessori —dijo con voz cálida, apenas modulada, ensayada hasta el último detalle—. Me encanta trabajar con niños. He cuidado bebés, gemelos incluso. Me adapto fácil a las rutinas, y sé seguir instrucciones con precisión.
Mateo asintió, relajado, con esa expresión amable que aún no se había enturbiado por la desc