Al final de la tarde, el señor Mateo regresó del pueblo. Entró a la casa con el portafolio en la mano y el ceño levemente fruncido, como si cargara una conversación pendiente. Sofía dormía en mi regazo, recién alimentada, con la boca aún húmeda del pecho y el cuerpo tibio contra el mío.
Yo estaba en la sala, acunándola sin moverme demasiado, tratando de alargar ese pequeño instante de paz. Al verme, Mateo se detuvo junto a la puerta. Me dedicó una sonrisa breve, correcta. Nada más.
—¿Cómo estuv