Mundo ficciónIniciar sesiónMariana Ríos viaja a Dubái para organizar la boda más lujosa del año, el contrato que podría salvar su empresa y asegurar el futuro de su hija. Pero una noche, agotada y confundida, entra a la suite equivocada… y despierta junto al hombre menos indicado. Él es Zayed Al Rashid, jeque, heredero de uno de los clanes más poderosos del país y el hombre que debía casarse esa misma tarde con otra mujer. El escándalo destruye la boda, amenaza la reputación de Mariana y pone en peligro una alianza política millonaria. Para restaurar el honor de la familia Al Rashid, solo existe una solución: Mariana debe convertirse en la esposa del jeque durante un año. Ella acepta por necesidad. Él acepta por deber. Pero Zayed está acostumbrado a dar órdenes, no a recibir negativas. Y Mariana tiene el peligroso hábito de contradecirlo en todo. Mientras él intenta controlar un matrimonio que nunca quiso, descubre que la única mujer capaz de desafiarlo también es la única que no puede sacar de su cabeza. Son de mundos distintos. Hablan idiomas diferentes. Crecieron bajo reglas opuestas. Y, aun así, cada discusión los acerca más al desastre. Porque Mariana tiene un año para sobrevivir a un matrimonio que jamás pidió. Y Zayed tiene un año para impedir que la única mujer que se atrevió a desafiar a un jeque se convierta en su mayor obsesión.
Leer másMARIANA
Hay dos tipos de personas en el mundo: las que duermen en los aviones y las que pasan todo el vuelo imaginando las mil formas en que algo puede salir mal.
Yo era de las segundas.
Llevaba nueve horas sentada con la carpeta del evento sobre las piernas, un café frío en la bandeja y los ojos secos de tanto revisar documentos. Dubái. Cuatro días. La boda más importante de mi carrera.
No podía salir mal.
Me repetí eso otra vez mientras el teléfono vibraba sobre la carpeta.
Gabi: Oye. Tengo una sorpresa para ti esta noche.
Cerré los ojos.
Dios. Gabi y sus sorpresas.
La última vez que esa mujer me sorprendió terminé colgada de una tela morada en una clase de yoga aéreo, atrapada a tres metros del suelo mientras el instructor me preguntaba si había firmado el seguro médico.
Escribí sin pensarlo mucho.
Yo: No.
La respuesta llegó de inmediato.
Gabi: Todavía no te dije qué es.
Yo: No importa. Sigue siendo no.
Sonreí apenas mientras miraba por la ventana del avión. Nubes. Más nubes. Nada interesante.
El teléfono volvió a vibrar.
Gabi: Es algo que necesitas.
Suspiré.
Cuando Gabi escribía "es algo que necesitas", normalmente significaba problemas.
Gabi: Mari. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo para ti?
No respondí.
Porque la respuesta era incómoda.
Gabi: Exacto. Ni siquiera puedes contestar. Llevas DOS AÑOS sin tocar a nadie. Entre Valentina, la empresa y tu ex marido olvidaste que también existes como mujer.
Me quedé viendo el mensaje.
Dos años.
La última vez que Rodrigo me tocó fue en la cocina de nuestra casa. Ni siquiera fue sexual. Solo apoyó su mano en mi hombro mientras yo lavaba platos y dijo: "Ya no siento nada".
Tres palabras.
Seis años de relación destruidos en tres palabras.
No grité. No lloré. Ni siquiera me giré a mirarlo.
Solo seguí lavando platos con las manos temblando bajo el agua.
"¿Nada?" pregunté finalmente.
"Nada", confirmó.
Firmamos los papeles tres semanas después. Tranquilo. Civilizado. Exactamente el tipo de divorcio que uno espera de dos personas que dejaron de amarse mucho antes de firmar documentos.
Yo me quedé con Valentina, con la empresa y con la costumbre de ponerme siempre al final de la lista.
Rodrigo decía que yo era "demasiado".
Demasiado intensa. Demasiado trabajadora. Demasiado emocional. Demasiado todo.
Al final entendí que "demasiado" solo era otra forma elegante de decir "no me acomodas".
Me corté el cabello. Seguí trabajando.
Dos años después tenía una empresa más grande, una hija obsesionada con dibujar caballos con alas y un calendario tan lleno que ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que hice algo solo porque quería hacerlo.
El teléfono vibró otra vez.
Gabi: Agencia discreta. Hotel de lujo. Una noche. Sin nombres. Sin preguntas. Sin consecuencias. Ya está pagado.
Abrí los ojos más de lo normal.
Yo: Gabriela Torres. ¿Qué hiciste?
Gabi: Algo que deberías agradecerme. Suite 3901. La tarjeta estará en recepción. Solo piénsalo.
Solté el aire despacio.
La pantalla frente a mí seguía reproduciendo una comedia romántica que ya no estaba viendo. La protagonista corría por un aeropuerto detrás de un hombre.
La odié un poco.
Porque esa mujer tenía tiempo para correr detrás de alguien.
Yo apenas tenía tiempo para dormir.
Miré la carpeta del evento sobre mis piernas.
Familia Al Rashid. Boda de gala. 847 invitados. Presupuesto confidencial.
El evento más importante de mi carrera.
Cuatro días en Dubái.
Y una noche antes de que empezara todo.
Abrí el correo de Gabi.
Suite 3901 Esta noche. Anónimo total. Sin nombres. Sin historia. Sin consecuencias.
Solo es una noche, pensé.
Cerré el correo.
Abrí la carpeta.
Soy una adulta responsable con una hija, una empresa y una reputación.
Cerré la carpeta.
El hombre del asiento de junto me miró.
—¿Está bien?
Le sonreí sin ganas.
—Perfectamente.
Y volví a abrir el correo de Gabi.
Tenía tres horas para convencerme de que iba a llegar al hotel, revisar el salón del evento, pedir servicio a la habitación y dormir como una persona sensata.
Tres horas para recordarme que Mariana Ríos no hacía este tipo de cosas.
Tres horas para ser la madre responsable, la empresaria profesional, la mujer que siempre tomaba las decisiones correctas.
Miré la pantalla del teléfono.
El correo seguía abierto.
Suite 3901.
El cursor parpadeaba sobre el botón de descarga de la tarjeta digital.
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
Y antes de que pudiera arrepentirme, presioné.
La tarjeta se descargó en mi teléfono con un pequeño sonido.
Confirmación: Acceso a Suite 3901 - Hotel Al Sama.
Guardé el teléfono rápido, como si alguien pudiera verlo.
Mi corazón latía demasiado fuerte.
Acababa de hacer algo completamente impulsivo.
Algo que la Mariana de hace dos años nunca habría hecho.
Algo que probablemente era una terrible idea.
Miré por la ventana mientras el avión comenzaba a descender.
Las luces de Dubái brillaban abajo como promesas.
O advertencias.
Todavía no estaba segura de cuál.
ZAYEDAlgo cambió en su cara cuando leyó ese mensaje.La vi palidecer, apretar el teléfono, y después guardarse lo que fuera detrás de esa máscara de hierro que cada día le quedaba mejor.—¿Quién es? —pregunté—. ¿Qué decía ese mensaje?—Trabajo. —Se guardó el teléfono—. Un contrato. Uno que va a salvar mi empresa.—Déjame verlo.—No.—Mariana.—Te dije que no. —Dio un paso hacia mí, sin miedo, esa mujer no le tenía miedo a nada—. Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. Tú me trajiste a esta casa. Tú me obligaste a este matrimonio. Tú decides dónde me siento, con quién hablo, qué cara pongo para tu padre. Bien. Pero mi empresa no. Mi empresa es lo único que sigue siendo mío. Y no voy a permitir que te metas en ella. No voy a permitir que la destruyas, como destruiste todo lo demás de mi vida.—Yo no destruí tu vida.—La pusiste de cabeza en veinticuatro horas. —Levantó la barbilla—. Así que esto es lo único en lo que no mandas, Zayed. Aquí no te obedezco. Aquí ni siquiera t
Esa mañana decidí que no iba a dejar que se escapara.Llevaba días saliendo antes del amanecer, esquivándome como se esquiva una conversación incómoda. Y después de lo de hace un par de noches —de sus dedos en mi mejilla, de ese centímetro que ninguno cruzó—, no pensaba dejar que volviera a desaparecer como si nada.Así que me levanté temprano, me arreglé, y bajé al comedor este dispuesta a desayunar con mi marido aunque le pesara.El comedor estaba vacío.La mesa larga, puesta para nadie. Ni un plato usado.—¿Y el señor Zayed? —le pregunté a la muchacha que acomodaba flores.Dudó. Miró hacia el fondo del pasillo, hacia las puertas de servicio, y bajó la voz.—El señor… desayuna en otro lado, señora.—¿En otro lado?No me contestó. Pero su mirada lo dijo.Seguí el pasillo. Crucé las puertas batientes. Y llegué a un lugar de este palacio en el que, según Halima, la señora de la casa no debía poner un pie jamás.La cocina.Me detuve en seco en el umbral.Ahí estaba Zayed.Pero no el Zay
MARIANADesperté tarde y sola.La cama estaba hecha, los cojines acomodados, ni rastro de Zayed. Solo el aire de la habitación todavía con algo de él, y yo todavía con algo de la noche anterior: la mejilla, sus dedos, ese centímetro que no cruzamos. Me lo quité de encima como quien se sacude arena.*Se fue temprano. Mejor. No tengo nada que decirle a la luz del día.*Mentira. Tenía demasiado. Por eso era mejor que no estuviera.El teléfono empezó a vibrar sobre la mesita. La pantalla decía "Mamá".Respiré hondo y contesté.—Hola, ma.—No me digas "hola, ma". —La voz de Carmen Ríos entró como entra siempre, directo al hueso—. ¿Me quieres explicar por qué llevas semanas allá y cada vez que pregunto cuándo vuelves me cambias el tema?—Estoy trabajando, mamá.—Trabajando.—El evento de aquí se alargó. Es un cliente grande. No puedo soltarlo a medias. —Las mentiras me salían tan lisas que me daban miedo—. Tú sabes cómo es esto.Hubo un silencio del otro lado. El silencio de mi mamá nunca
MARIANAEl camino de vuelta lo hicimos en silencio.Zayed miraba por la ventana con la mandíbula apretada y la mano envuelta en la servilleta, que ya estaba más roja que blanca. No se quejó ni una vez. Los hombres como él no se quejan; se tragan el dolor como se tragan todo lo demás, hasta que un día revientan.Hassan manejaba sin decir palabra. Yo apretaba mi bolso contra el pecho y trataba de no mirar la sangre.No funcionó.—Te va a quedar un vidrio adentro si no te curas eso bien —dije.—Estoy bien.—No estás bien. Estás goteando sobre la tapicería de un auto que cuesta más que mi casa.No contestó. Pero por el espejo vi que Hassan casi sonreía.Llegamos a casa y subimos directo a la habitación. Encendí la luz y fui directo al baño. El botiquín seguía donde lo había visto la primera mañana, esa mañana del incidente de la toalla que los dos fingíamos no recordar.Cuando volví, Zayed estaba sentado en el borde de la cama, todavía con el saco puesto, mirándose la mano como si fuera
Último capítulo