Mundo ficciónIniciar sesiónMARIANA
La cena de ensayo siempre era mi parte favorita de cualquier boda.
No la ceremonia. No las fotos. No el caos del gran día.
La cena.
Porque ahí todo empezaba a sentirse real. Las flores ya estaban montadas, las luces encendidas, los invitados llegando y yo podía caminar por el salón sabiendo que cada detalle estaba exactamente donde debía estar.
El Hotel Al Sama lucía perfecto esa noche. Las mesas doradas brillaban bajo las lámparas de cristal y las velas reflejaban pequeñas luces sobre el mármol blanco. Todo se veía exactamente como lo había planeado.
Mi evento.
Mi reputación.
Mi oportunidad de demostrar que podía trabajar al nivel de cualquier empresa internacional.
Caminé entre las mesas con el auricular puesto y el cronograma en la mano mientras respondía mensajes del equipo de cocina.
No pensé en la noche anterior.
No pensé en la suite 3901.
No pensé en el hombre que me había hecho sentir cosas que no sentía en años.
Definitivamente no pensé en cómo había escapado sin siquiera preguntarle su nombre.
Estaba trabajando.
Eso era lo único que importaba.
—Mariana. —Andrea apareció a mi lado—. Cinco minutos para la llegada de la familia Al Rashid.
—¿Equipo listo?
—Sí.
—¿Flores del fondo?
—Puestas desde hace veinte minutos.
—¿Sonido?
—Sin problemas.
Asentí.
Perfecto.
Hassan apareció a mi lado sin hacer ruido, como siempre hacía.
—Todo listo de nuestro lado —dije antes de que preguntara.
—Lo sé —respondió—. La familia llega en tres minutos.
Y se fue.
Exactamente tres minutos después, las puertas principales se abrieron.
La familia Al Rashid entró rodeada de seguridad y asistentes. El patriarca caminaba adelante. Detrás venían varios hombres de traje oscuro y una mujer elegante que probablemente era familiar cercana.
Yo los observé desde el fondo del salón.
Al novio no lo vi.
Todavía no conocía al hombre cuya boda llevaba cuatro meses organizando. Solo sabía su nombre: Zayed Al Rashid.
Mi teléfono vibró.
Fruncí el ceño al ver el nombre de Gabi.
Gabi: ¿Entonces? ¿Cómo estuvo?
Guardé el teléfono sin responder.
No tenía tiempo para eso.
Ahora mismo tenía un salón lleno de personas importantes y suficientes problemas potenciales como para agregar otro más.
Seguí caminando entre las mesas supervisando los últimos detalles cuando Roberto apareció corriendo hacia mí.
Y esa cara nunca significaba algo bueno.
—Mariana.
—¿Qué pasó?
—El novio se cortó la mano con una copa.
Suspiré.
—¿Grave?
—No parece, pero están preguntando por ti.
—¿Dónde está?
—Sala lateral.
Tomé el pequeño botiquín de emergencia y lo seguí por el pasillo.
Ni siquiera había visto llegar al novio.
Qué clase de organizadora no identifica al novio en su propio evento.
Llegamos a una pequeña sala privada.
—Aquí —dijo Roberto.
Respiré hondo. Cambié a modo profesional. Abrí la puerta.
Había un hombre sentado junto a una mesa.
Traje negro. Camisa blanca. Una servilleta manchada de sangre cubriendo su mano derecha.
—Permiso —dije con voz firme mientras cerraba la puerta detrás de mí.
Él no respondió.
Me acerqué y me arrodillé frente a él. Abrí el botiquín y saqué una gasa.
—¿Puedo ver?
El hombre retiró la servilleta lentamente.
El corte no era profundo. Superficial. Fácil de tratar.
—No es grave —dije mientras tomaba el algodón y el alcohol—. Voy a limpiar y...
Levanté la vista.
Y el mundo se detuvo.
Esos ojos.
Oscuros.
Fijos en mí.
Los mismos ojos que me habían mirado en la oscuridad de la suite 3901 mientras me besaba contra una pared.
Los mismos ojos que me habían recorrido despacio mientras me desnudaba.
Los mismos ojos que me habían observado mientras perdía el control completamente bajo sus manos.
Sentí que el oxígeno abandonaba mis pulmones.
No.
No podía ser.
Él parpadeó una vez. Lento. Como si también estuviera procesando.
Mi cerebro intentó funcionar.
Ese cabello negro. Esa mandíbula. Esa cicatriz pequeña en la ceja derecha que había visto a la luz del amanecer.
Era él.
El hombre de la habitación 39...
El desconocido.
El hombre con el que me acosté anoche.
Era Zayed Al Rashid.
El novio.
La gasa quedó suspendida entre mis dedos mientras mi corazón empezaba a golpear demasiado fuerte.
—¿Está bien, señorita Ríos? —preguntó en voz baja.
Su voz.
Dios.
La misma voz que me había dicho "no te contengas".
La misma voz que me había susurrado cosas en árabe que no entendí pero que me hicieron temblar.
Me recorrió la piel completa.
Di un paso atrás automáticamente.
Demasiado rápido.
La silla chocó contra el suelo detrás de mí.
—Yo... necesito... —Mi voz salió rota.
No terminé la frase.
Porque no sabía cómo terminarla.
Necesito aire.
Necesito que esto no esté pasando.
Necesito que la tierra me trague.
Un mesero entró en ese momento con una bandeja de hielo.
Me giré sin pensar.
Choqué contra él.
La bandeja cayó al piso con un estruendo metálico.
Hielo por todas partes.
—¡Lo siento! —dijo el mesero agachándose inmediatamente.
—No, yo... fue mi culpa... —Mi voz temblaba.
Miré a Zayed una última vez.
Él seguía observándome.
Sin moverse.
Sin apartar esos ojos que lo sabían todo.
No podía respirar.
Salí de la habitación.
El pasillo estaba vacío.
Me apoyé contra la pared y cerré los ojos intentando procesar.
Cuatro meses.
Cuatro meses organizando la boda de ese hombre.
Correos. Contratos. Reuniones con Hassan. Llamadas sobre menús y flores y cronogramas.
Y terminé desnuda en su cama la noche antes de su boda.
Dios mío.
Dios mío.
Dios mío.
—Mariana.
Abrí los ojos de golpe.
Andrea estaba frente a mí observándome con preocupación.
—¿Qué pasó? ¿El novio está bien?
—Está bien —mentí—. Fue un corte pequeño.
Andrea cruzó los brazos.
—¿Y tú?
La miré sin responder.
Porque no estaba bien.
Para nada.
—Yo no estoy bien —admití finalmente.
Ella levantó las cejas.
—Eso sí me preocupa.
Le entregué la tablet que todavía sostenía.
—Necesito cinco minutos. Encárgate del salón mientras regreso.
—Mariana...
—Puedes hacerlo.
Andrea me conocía demasiado bien para insistir.
Asintió.
Caminé rápido hacia la salida de servicio del hotel. Abrí la puerta metálica y salí al pequeño patio trasero donde estaban los contenedores de basura y el ruido amortiguado de la cocina.
El aire caliente de Dubái me golpeó la cara.
Me pasé ambas manos por el cabello.
—¿Qué hiciste, Mariana?
Cerré los ojos.
Está bien.
Nadie sabe nada.
Él no va a decir nada.
Yo no voy a decir nada.
En dos días termino este evento y me largo de Dubái.
Fin de la historia.
Era un buen plan.
Solo necesitaba sobrevivir mientras tanto.
Necesitaba evitarlo.
Necesitaba no pensar en cómo me había mirado.
Necesitaba...
La puerta detrás de mí se abrió.
Me giré.
Y ahí estaba él.
Zayed Al Rashid.