Capítulo 4 Zayed

ZAYED 

La suite 39 del Hotel Al Sama.

Siempre la misma.

Cada vez que algo importante estaba por cambiar mi vida, terminaba aquí. Solo. Sin escoltas. Sin reuniones. Sin llamadas.

Hassan hacía la reserva bajo otro nombre desde hacía años. Nunca preguntaba para qué. Nunca comentaba nada. Solo se aseguraba de que la suite estuviera lista y que nadie se acercara hasta el día siguiente.

Y en menos de cuarenta y ocho horas me casaba. Ese era motivo suficiente para estar en este lugar. 

Entré pasada la medianoche.

Dejé las llaves sobre la mesa y caminé directo hacia la ventana. Dubái brillaba abajo como si nunca durmiera.

Me quité la camisa en silencio. Eso era lo único que buscaba en este lugar.

Pensé en Nadia.

Todo tenía sentido. Era la decisión correcta. Y aun así…

Nada se movía dentro de mí.

Ni ansiedad.

Ni emoción.

Ni ganas de verla vestida de novia.

Solo ese vacío silencioso que llevaba años cargando. Layla decía que el problema era que yo vivía como una máquina. Hassan decía que necesitaba descansar más. Mi padre decía que el matrimonio arreglaría todo.

Yo ya no estaba seguro de nada.

Cerré los ojos un momento. Y escuché una puerta abrirse.

Me giré de inmediato.

El baño.

Alguien acababa de salir del baño de mi suite. La vi. Una mujer envuelta en una toalla blanca. El cabello mojado pegado a sus hombros. Los ojos enormes abiertos de golpe al encontrarme frente a la ventana.

Se quedó congelada.

Yo también.

—Hola, buenas noches, perdona, ya que no estabas en la habitación aproveché para limpiarme un poco, solo quería bañarme cinco minutos porque llevo trabajando desde temprano y…

Se detuvo.

Tomó aire.

Volvió a empezar.

—Bueno, si te soy sincera creí que no vendrías, incluso tus servicios ya no son necesarios, solo necesitaba el baño…

¿Mis servicios? 

La observé sin decir nada. Tenía las mejillas rojas. Los dedos aferrados a la toalla. Y seguía hablando porque claramente estaba nerviosa.

Entonces me reí.

Una risa baja.

Pequeña. Algo que nadie podía lograr. 

De pronto ella dejó de hablar. 

Sus ojos se clavaron en mi boca. Y la toalla cayó al suelo. El silencio se volvió pesado.

Ella abrió más los ojos.

Intentó cubrirse con las manos demasiado tarde.

Yo la miré.

Despacio.

Piernas largas. Piel húmeda. El agua todavía deslizándose por su cuello.

Sentí el cuerpo tensarse de inmediato. No sabía los motivos de esta desconocida en mi suite, pensaba en muchas posibilidades, ¿soborno? 

Mi expresión cambió sola. Volví a esa frialdad automática que aparecía siempre que algo se salía de control.

Me acerqué.

Me agaché, recogí la toalla y me puse de pie con intención de devolvérsela y terminar ahí el momento y que se fuera. 

Eso era lo que debía hacer.

Pero cuando quedamos frente a frente, su olor me golpeó primero.

No era perfume caro.

Era ella.

Se quedó paralizada, con las mejillas rojas, cubriéndose con sus manos sus zonas íntimas, pero todo su cuerpo estaba teñido de rubor. 

Sus labios se separaron apenas mientras respiraba rápido. Su pecho subía y bajaba y su respiración caliente golpeaba mi piel una y otra vez y por primera vez sentí un cosquilleo en el corazón. 

Y sus ojos…

Maldición.

Sus ojos me estaban mirando como si no supiera si huir o quedarse. Sentí la garganta seca. Ella tragó saliva.

Mi nuez se movió. 

Al segundo siguiente, sin dudarlo, le levanté la barbilla y la besé. 

Fuerte.

Hambriento.

Como si llevara demasiado tiempo sin sentir absolutamente nada… y de pronto ella hubiera encendido algo de golpe.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP