Capítulo 2: El hombre de la boda

ZAYED

Yo no era un hombre que se detuviera a notar ese tipo de cosas.

Pero tampoco era ciego.

La reunión terminó a las cinco en punto, como casi todo en el Grupo Al Rashid. Mi padre había construido el imperio familiar con una sola regla: el tiempo no se desperdicia. Treinta años después, esa regla seguía funcionando mejor que la mayoría de las personas.

Salí de la sala de juntas con el teléfono en una mano y la carpeta del proyecto en la otra mientras respondía mensajes sin bajar el ritmo. Khalid me alcanzó antes de llegar al ascensor.

—Buena reunión —dijo.

—Fue eficiente.

—Los de Singapur quedaron impresionados.

—Era la idea.

Khalid sonrió de lado mientras entrábamos al ascensor.

—Mañana es tu boda.

Lo miré apenas.

—Gracias por recordármelo. Pensaba olvidarlo.

Se rio.

A esa hora el piso ejecutivo tenía el mismo ambiente de siempre: empleados recogiendo cosas, computadoras apagándose, conversaciones que morían apenas yo aparecía cerca.

Y luego estaba lo otro.

Las miradas.

No soy un hombre ingenuo. Sé perfectamente cómo me mira la gente.

La recepcionista nueva —tres semanas máximo trabajando aquí— me sostuvo la sonrisa un poco más de lo necesario.

—Buenos días, señor Al Rashid.

—Buenos días.

Seguí caminando.

Khalid esperó a que las puertas del ascensor se cerraran.

—La mujer correcta me aceptará como soy —dijo de pronto.

Lo miré de arriba abajo.

—Sí. Claro.

La mayoría de las mujeres que se acercaban a los Al Rashid no estaban interesadas en cómo éramos realmente. Querían el apellido. La posición. El dinero. El hombre público.

No al hombre real.

El ascensor llegó al estacionamiento privado y salimos. El calor de Dubái golpeó apenas las puertas se abrieron. Hassan ya esperaba junto al vehículo. Puntual, como siempre.

Llevaba veinte años trabajando para mi familia y nunca llegaba tarde. Nunca hacía preguntas innecesarias. Y nunca hablaba más de lo necesario.

Subí al auto mientras Hassan cerraba la puerta detrás de mí.

El vehículo arrancó.

Miré la ciudad por la ventana. Había conocido suficientes mujeres para entender que la atracción sin profundidad terminaba convirtiéndose en ruido. Mujeres hermosas. Inteligentes. Elegantes. Algunas incluso interesantes durante un rato.

Pero siempre pasaba lo mismo.

La conversación terminaba.

La noche acababa.

Y yo seguía sintiéndose exactamente igual.

Vacío.

Según mi hermana Layla, ese era "mi problema central".

Llegamos al palacio familiar veinte minutos después. Hassan caminó a mi lado mientras subíamos las escaleras principales.

—Todo está listo para mañana, señor.

—Bien.

—El salón, la seguridad, la coordinación con la familia Al Farhan. Todo confirmado.

Asentí.

—La coordinadora mexicana también confirmó al equipo técnico.

Hassan guardó silencio unos segundos. Eso significaba que quería preguntar algo.

—Dilo —hablé sin detenerme.

—¿Está conforme con la decisión?

Giré la cabeza apenas.

—¿Cuál decisión?

—La boda.

Seguí caminando.

—Mi padre sabe lo que hace.

—No pregunté por su padre.

Sonreí apenas.

Hassan llevaba demasiados años conmigo.

—Nadia Al Farhan es una excelente elección —dije—. Buena familia. Educada. Discreta. La alianza con los Al Farhan abre puertas importantes para nosotros en el consejo.

—Eso es lo estratégico.

Lo miré.

—¿Y qué más importa?

Hassan no respondió enseguida.

—¿Le gusta?

Entramos al corredor principal del ala privada.

—No necesito enamorarme para casarme.

—No fue lo que pregunté.

Solté el aire despacio.

—Nadia es exactamente lo que debe ser.

Y era verdad.

Hermosa. Correcta. Reservada.

Una mujer criada para pertenecer a una familia como la mía.

Mi padre había elegido bien.

Como siempre.

Nos detuvimos frente a la puerta de mis habitaciones.

—Buenas noches, señor.

—Buenas noches, Hassan.

Entré.

El silencio del cuarto cayó de inmediato sobre mí.

Me quité el saco y lo dejé sobre una silla. Después me quedé quieto en medio de la habitación sin razón clara.

En menos de cuarenta y ocho horas me casaba.

Me senté en el borde de la cama y apoyé los brazos sobre las rodillas.

Treinta y nueve años.

Había tenido tiempo suficiente para conocer mujeres que el mundo consideraría perfectas para mí. Algunas incluso pudieron haber significado algo... en otro momento, en otra vida.

Pero siempre terminaba pasando lo mismo.

La conversación acababa.

La puerta se cerraba.

Y algo dentro de mí seguía intacto.

Como si ninguna hubiera logrado tocar el lugar correcto.

Abrí el cajón de la mesita de noche. Dentro había una fotografía vieja. Mi madre. Sonriendo en el jardín del palacio con Layla en brazos. Yo tenía siete años en esa foto. Todavía recordaba ese día.

La miré treinta segundos.

No sentí nada.

Volví a cerrar el cajón.

Me recosté mirando el techo oscuro de la habitación.

Nadia era perfecta. Lo sabía. Mi padre lo sabía. Entonces, ¿por qué cada vez que intentaba imaginarla en esta habitación, junto a mí, la imagen se desdibujaba? Como si mi cerebro se negara a completar la escena.

Cerré los ojos.

Intenté visualizarla.

Nadia entrando por esa puerta. Nadia sentándose en esta cama. Nadia diciéndome buenas noches.

Nada.

La imagen no se formaba.

Solo veía el espacio vacío donde debería estar alguien.

En dos días sería un hombre casado.

En tres, empezaría oficialmente la vida que mi padre llevaba años preparando para mí.

Y honestamente... no me molestaba.

Confiaba en él.

Mi padre había convertido un apellido poderoso en un imperio. Nunca había tomado una decisión pensando solo en él mismo. Todo lo hacía por la familia.

Y Nadia era parte de eso.

Hermosa. Joven. Elegante.

La esposa perfecta para un hombre como yo.

Tal vez el matrimonio cambiaría algo.

Tal vez finalmente movería ese lugar dentro de mí que llevaba años dormido.

Afuera, Dubái seguía despierta.

Dentro de la habitación, el silencio era absoluto.

Y mío.

Me levanté y caminé hacia la ventana. Las luces de la ciudad brillaban abajo como siempre. Millones de personas viviendo sus vidas. Sintiendo cosas. Queriendo cosas.

Apoyé la mano contra el vidrio.

Estaba frío.

Como todo en mi vida últimamente.

Volví a la cama y me quedé mirando el techo.

Mañana todo iba a cambiar.

O eso creía.

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