Capítulo 5: La suite 39

MARIANA

Nunca pensé que diría esto, pero Gabi tenía razón.

Gabi se equivoca con una frecuencia estadísticamente significativa. Pero esa noche, en esa suite, con ese hombre que no me había dicho su nombre y yo tampoco había preguntado el suyo, entendí exactamente a qué se refería cuando dijo que me lo merecía.

Me lo merecía.

Y más.

Todo empezó con un beso que no me dio tiempo de pensar.

Ni suave. Ni tímido. Ni correcto.

Fue el tipo de beso que arrastra.

Sus manos encontraron mi cintura y su boca la mía como si hubiera pasado toda la noche imaginando exactamente cómo besarme.

Y yo respondí.

Dios mío, respondí demasiado rápido.

Mi cuerpo se rindió antes que mi orgullo.

Eso fue lo primero que me desarmó.

Hacía tanto tiempo que nadie me tocaba con hambre verdadera que casi había olvidado cómo se sentía. Rodrigo me había convertido en una rutina. Este hombre me hizo sentir un incendio en menos de treinta segundos.

Sus manos comenzaron a recorrerme despacio, sin ansiedad, como si disfrutar de mí fuera un lujo que pensaba saborear completo.

La espalda.

La cintura.

Mis muslos.

Después volvió a subir lentamente, acariciando mi piel, provocándome escalofríos tan intensos que tuve que morderme el labio para no gemir demasiado fuerte.

Y cuando rozó mi nuca...

Dios.

Solté un sonido vergonzosamente necesitado.

Él soltó una risa baja contra mi boca. Grave. Oscura. Satisfecha.

Como si le encantara descubrir lo fácil que era hacerme perder el control.

—Así... —murmuró con la voz ronca junto a mis labios—. No te contengas.

Sentí el calor subir directo entre mis piernas.

No podía verle completamente la cara en la penumbra, pero sí sus ojos. Negros. Intensos. Fijos en mí como si yo fuera algo que deseaba desde antes de tocarme.

Eso me hizo más daño que sus manos.

Porque nadie me había mirado así en años.

Como si quisiera devorarme despacio.

Como si tuviera todo el tiempo del mundo y planeara usarlo todo en mí.

Luego volvió a besarme y perdí definitivamente cualquier intención de escapar.

Esos ojos iban a arruinarme. Ese hombre disfrutaba provocarme más de lo que probablemente disfrutaba cualquier otra cosa.

Lo peor fue descubrir cuánto me gustaba eso.

Mis dedos terminaron aferrados a sus hombros. Mis piernas rodeándolo sin que yo recordara haber decidido hacerlo. Y cada vez que él soltaba esa respiración grave cerca de mi oído, mi cuerpo reaccionaba como si llevara años esperando exactamente ese sonido.

Sus labios bajaron por mi cuello. Después por mi clavícula. Sus manos acariciaban mis costados con una reverencia que me hizo cerrar los ojos.

Perdí la noción del tiempo.

Solo recuerdo fragmentos.

Su boca recorriendo mi piel lentamente, deteniéndose en lugares que no sabía que eran sensibles hasta que él los encontraba.

Sus manos sujetando mis caderas cuando intenté moverme, manteniéndome quieta mientras me besaba en lugares que me hacían temblar.

La forma en que susurraba cosas en un idioma que no entendía pero que sonaban como promesas oscuras.

Y cuando finalmente me tocó donde más lo necesitaba, solté un gemido que debió escucharse en todo el piso.

Él sonrió contra mi piel.

—Así —murmuró—. Quiero escucharte.

Y procedió a destruirme sistemáticamente.

Con dedos expertos.

Con besos estratégicos.

Con esa paciencia cruel que me tenía al borde del colapso cada treinta segundos solo para retroceder y empezar de nuevo.

—Por favor —jadeé finalmente.

No sabía ni qué estaba pidiendo.

Solo sabía que si no hacía algo pronto, iba a morir.

Él se rio. Esa risa oscura que me recorría completa.

Empezó a moverse despacio. Cada embestida deliberada. Controlada. Perfecta. Mis piernas lo rodearon instintivamente, atrayéndolo más profundo.

Él gruñó contra mi oído.

—Así —dijo—. No me sueltes.

Como si hubiera riesgo de eso.

El ritmo aumentó gradualmente. Mis manos bajaron por su espalda sintiendo los músculos tensarse bajo mi toque. Su respiración se volvió más errática. Sus besos más desesperados.

Y cuando finalmente me hizo perder el control de verdad, enterrando mi nombre entre besos y respiraciones agitadas, entendí que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo en lugar de vivir.

Él me siguió segundos después. 

Nos quedamos así varios minutos.

Respirando.

Recuperándonos.

Su peso sobre mí anclándome a la realidad.

Eventualmente rodó a un lado llevándome con él. Su brazo me rodeó la cintura. Mi pierna quedó atrapada entre las suyas. Mi cabeza sobre su pecho escuchando los latidos de su corazón bajando gradualmente.

Una sensación peligrosa de paz me invadió.

La clase de paz que una no debería sentir al lado de un desconocido.

Su mano acarició mi espalda en círculos lentos.

Y antes de que pudiera detenerme, pensé algo terrible:

Ojalá esta noche no terminara nunca.

Desperté cuando el amanecer comenzaba a colarse por las cortinas. La habitación estaba gris y silenciosa. Lo primero que sentí fue su brazo. Todavía rodeándome.

Y lo segundo fue pánico.

Porque no quería moverme. Y eso era un problema enorme.Porque esta noche tenía que  terminar.

Era la regla.

Sin nombres. Sin historia. Sin consecuencias. Una noche y nada más. Pero una parte estúpida de mí quería quedarse.

Quería despertarlo y preguntarle su nombre.

Quería saber si esta conexión era real o solo química y buen timing.

Quería...

No, me dije firmemente.

Esto era exactamente lo que no debía hacer.

Encariñarse.

Imaginar cosas.

Convertir una noche perfecta en expectativas que inevitablemente decepcionarían.

Me moví despacio, intentando deslizarme de su abrazo sin despertarlo. 

Logré liberarme centímetro por centímetro hasta que finalmente estuve fuera de la cama.

Busqué mi ropa en la penumbra.

Estaba esparcida por el suelo como evidencia de un crimen particularmente delicioso. La recogí rápido, vistiéndome en silencio mientras mi cerebro intentaba recuperar dignidad.

Pantalón.

Blusa.

Zapatos.

Respira, Mariana.

Toma el bolso y vete.

No mires atrás.

Estaba terminando de acomodarme el cabello cuando escuché movimiento detrás de mí.

Me congelé. Me giré despacio. Él estaba sentado en la cama.

Despierto.

Observándome.

Y por primera vez pude verlo realmente.

A la luz del amanecer. Sin sombras que escondieran su rostro.

Santo cielo.

De día era aún peor.

Más guapo. Más masculino. Más peligroso.

Cabello negro completamente desordenado cayendo sobre su frente. Una pequeña cicatriz en la ceja derecha que no había visto en la oscuridad. Mandíbula marcada con sombra de barba. El torso desnudo lleno de líneas duras y piel bronceada.

Y esos ojos...

Esos malditos ojos negros recorriéndome lentamente como si todavía pudiera sentirme bajo sus manos.

Como si supiera exactamente lo que había hecho conmigo horas antes.

Como si estuviera memorizando este momento.

Me miró sin hablar durante un segundo demasiado largo.

¿Diversión? ¿Curiosidad? ¿Arrepentimiento?

Después sonrió apenas.

Una sonrisa pequeña. Privada. Como si compartiera un secreto conmigo.

Abrió la boca para decir algo. Yo escapé antes de escucharlo.

Porque si ese hombre hablaba con la misma voz con la que me había susurrado cosas al oído horas antes, corría el riesgo real de regresar a esa cama.

Y eso habría sido un desastre.

Uno delicioso.

Pero desastre al fin.

Cerré la puerta de la suite detrás de mí y caminé rápido hacia el ascensor.

El pasillo estaba vacío.

Solo yo y mi corazón latiendo demasiado fuerte.

Y por un momento me permití recordar.

Sus manos.

Su boca.

La forma en que me había mirado como si fuera la única mujer en el mundo.

Después abrí los ojos y me obligué a respirar.

Fue solo una noche.

Una noche perfecta.

Pero una noche.

Nada más.

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