Estaba muy preocupado, se notaba en su expresión. Era la primera vez que sentía aquello, como se extendía un posible miedo a perderla.
Se sentía culpable por el sufrimiento de su hija.
La pequeña, con su maraña de rizos dorados esparcidos sobre la almohada, parecía aún más diminuta rodeada por las sábanas blancas y el equipo médico que zumbaba suavemente a su lado. Cada vez que despertaba, su voz apenas audible se elevaba en un débil llamado por Nerea, su niñera, la única figura de consuelo con