Capítulo 2

★ Daniel

Hay mañanas en las que el silencio es más ruidoso. Esta fue una de esas.

Amelia aún dormía. Yo estaba de pie en la puerta de su cuarto, viendo cómo su respiración movía los rizos que siempre se me escapan entre los dedos. La muñeca Sofi, tuerta y despeinada, yacía a su lado como un centinela. Por un instante, todo estaba en orden. Por un instante, podía fingir que era el padre que ella se merece.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Mi madre. La pantalla decía "¿Llego en 20 minutos?". No era una pregunta. Era un recordatorio: mi tregua de paternidad a tiempo completo había expirado.

Colapsé en el sillón de la sala con una taza de café frío. Los últimos diez días «desde que Mariana se fue con lo puesto y una maleta llena de mis mejores trajes» habían sido una derrota en cámara lenta. No era solo la tostadora sin prender o las colitas de antena marciana. Era el vacío. La sensación de estar criando a una niña en el interior de una campana de cristal, donde mis gritos de oficina ("¡Esa cláusula es inaceptable!") rebotaban contra las paredes y asustaban a nadie más que a mí.

La puerta sonó. Era mi madre, con su bolso de lona y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Me tomó la cara con ambas manos, como cuando era niño.

—Daniel, pareces un fantasma que se alimenta de WiFi. Ve a tu oficina. Recupera algo de ese mundo. Yo me encargo de la tormenta de cinco años.

Amelia apareció entonces, arrastrando a Sofi. Sus ojos brillaron al ver a su abuela, pero luego se posaron en mí. En una pregunta silenciosa: ¿Tú también te vas?.

—Papi tiene que salvar el mundo de los papeles aburridos —dijo mi madre, leyendo la tensión—. Y tú y yo vamos al parque.

La vi vestirse con una energía que a mí me abandonó hace meses. Mi madre la observaba, y en su mirada había algo nuevo: no solo cansancio, sino preocupación. La misma que vi en la maestra del colegio la semana pasada. La que dice "Esta niña necesita más de lo que estás dando".

Antes de salir, mi madre me detuvo en la puerta.

—Daniel —su voz era baja y seria—. Tres horas. Solo aguanto tres horas con este nivel de… motor. Tienes que encontrar una solución. Una niñera. Alguien joven con energía, no una abuela con artritis. Piénsalo en serio.

Tres horas. Un ultimátum.

El resto de mi mañana en la oficina fue un eco hueco. Firmé contratos sin leerlos. Asentí en reuniones cuyas palabras se convertían en un zumbido plano. Verónica, mi secretaria, me miró con esa punzada de lástima que detesto.

—¿Todo bien, Daniel?

—Pasa solo las llamadas del cliente alemán —mordí—. Y cancela lo que sea esta tarde.

Lo que sea. Porque en mi cabeza solo había un reloj contando regresivamente desde 180 minutos.

A la hora y media, el teléfono personal vibró. Mi madre.

"Todo bien. En el parque. Es un huracán con trenzas."

Un emoji de sol. Respiré.

A las dos horas y cuarenta y cinco minutos, volvió a vibrar. Un mensaje.

"Se me perdió de vista un segundo. Ya la encontré. Todo en orden."

El emoji era una cara sudando. Me levanté y caminé hasta la ventana. El mundo allá afuera parecía de cartón.

A las tres horas y cinco minutos, el teléfono no vibró. Sonó. Con el tono estridente, de emergencia, que solo tenía asignado a ella.

La sangre se me heló en las venas antes de despegar el aparato de la mesa.

—¿Mamá?

Su voz no era la de la abuela serena. Era un hilo tenso.

—Daniel… no sé cómo decirte esto. Amelia… desapareció. Estaba en el columpio, giré a buscar mi bolso del agua, y cuando volví… No está. La he buscado por todos lados. Daniel, no está.

El suelo desapareció. El zumbido en los oídos ahogó el ruido de la ciudad. Miré mi reloj, pulido, caro e inútil.

Tres horas y diez minutos.

Era todo lo que me había concedido para evitar el desastre. Y había fracasado.

—Llama a la policía —dije, y mi voz sonó ajena y metálica, como la de mi padre—. Yo voy para allá.

Colgué. La oficina, los papeles, los millones… se habían evaporado. Solo existía ese parque a diez kilómetros de distancia, y el agujero negro que se había abierto en su centro, tragándose a la única cosa que no podía perder.

No corrí. Floté hasta el ascensor, como un hombre ya condenado.

Tres horas.

Ese había sido mi margen de error. Y lo había gastado en tazas de café frío y reuniones que no recordaba.

El viaje en coche fue un blanco. No recuerdo semáforos, ni calles. Solo el latido de un pensamiento, brutal y simple: La perdí.

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Elvira Portilloque lindo Dani, es un buen padre
Ingrid Ruanohay q lindo al fin un buen hombre q deja todo por ser un buen padre
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