★Lulú
Horas antes.
La sartén chisporroteaba como si estuviera enojada conmigo, y yo, con el delantal de florecitas medio chamuscado, trataba de convencerla de que los huevos no se me pegaran otra vez. Mi mamá estaba recostada en el sillón, envuelta en una manta viejita que había perdido las flores en las lavadas, pero todavía olía a suavizante barato, ese que yo decía que era nuestro “perfume de combate”.
—Hija, si sigues moviendo esos huevos como si fueran cemento, no los vamos a desayunar nunca —me dijo con su voz ronca.
—Mamá, confía en mí. Estos huevos van a ser tan esponjosos que los podríamos usar de almohada.
Ella se rio bajito, aunque después tosió y yo me giré preocupada. Se veía tan frágil que a veces me daban ganas de envolverla en burbujas para que nada la tocara.
El verdadero problema estaba en el otro cuarto: mi papá. Bueno, llamarlo “papá” era darle demasiado crédito. Ese hombre se levantó, se rascó la panza, se metió un trago de no sé qué del refrigerador (seguro era c