No sé qué clase de karma estoy pagando, pero la vida se empeña en ponerme a prueba. Primero mi ex mujer me dejó como si uno fuera un mueble viejo que ya estorba, después tuve que criar solo a mi hija «bueno, técnicamente nuestra hija, aunque ella antes de irse juró que Amelia no llevaba mi sangre», y ahora… ahora resulta que la niñera candidata es nada menos que una payasa. Sí, literalmente. Con peluca verde y nariz roja incluida.
Sentí que el cansancio me pasaba factura. Pero como siempre, antes de dormir, entré a su habitación.
Ahí estaba, mi terremoto disfrazado de ángel: profundamente dormida, con el pelo hecho un desastre y abrazando a su oso como si fuera la última Coca-Cola del mundo. Me acerqué despacio, le acomodé el flequillo de la frente y le di un beso suave. Ese gesto me recuerda siempre lo que de verdad importa.
Salí en silencio, y justo cuando cerraba la puerta, apareció mi madre. Tiene esa habilidad de asustar más que un fantasma: de repente la tienes frente a ti y no