La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas del hospital, dibujando figuras polvorientas sobre el suelo de vinilo. Habían pasado tres días desde la noche en la nave, y el tiempo, que normalmente se sentía eterno, ahora corría a una velocidad vertiginosa. Fabio estaba sentado en una silla, con la cabeza gacha, mientras Iván dormía plácidamente en la cama. El niño, a pesar de su ligero grado de desnutrición, se había recuperado rápidamente. Fabio, en cambio, goloeado mientras est