El aire dentro de la cabina del avión era asfixiante, un calor artificial que no lograba calmar el frío glacial que Sam sentía en el estómago. A su lado, Iván intentaba dormir con la cabeza apoyada en su hombro. Él no sabía que huían de una amenaza. Sam, en cambio, no podía dejar de mirar a su alrededor, su mente se había convertido en un escáner que analizaba cada rostro, cada movimiento.
Una azafata con una sonrisa profesional le ofreció una bebida que ella rechazó.
Cada pasajero le parecía